
El obispo emérito de San Isidro, Argentina, habla sobre su vida a su paso por Holguín
HOLGUÍN, Cuba.- “Es más lo que recibimos que lo que hemos dado”, así define Monseñor Oscar Vicente Ojea Quintana, obispo emérito de San Isidro, en Argentina, los 30 años de Misión Ad Gentes que su diócesis lleva adelante en territorio holguinero, desde que en febrero de 1995 llegaran a la parroquia de San José los padres Eduardo Lippi y Adrián Santarelli.
Es la tercera vez que Monseñor Ojea visita Cuba.
En esta ocasión responde a la invitación de predicar el retiro anual de los sacerdotes del Oriente de la isla, reunidos del 12 al 16 de enero en el Santuario Nacional de la Virgen de la Caridad, en El Cobre.

En una breve estancia en Holguín, accedió a conversar sobre la etapa actual como obispo emérito, su visión acerca del papel de la Iglesia ante los desafíos de Latinoamérica, sus memorias del Papa Francisco —de quien fuera cercano colaborador— y, de manera especial, la labor misionera de sus coterráneos en estas tierras, que hoy se hace patente en Monseñor Marcos Pirán, obispo auxiliar de Holguín.
La hospitalidad cubana lo ha marcado en cada visita: “Siempre que vengo a Cuba la acogida es proverbial, me han recibido como a Jesucristo”. Observa con alegría el crecimiento en la formación litúrgica y pastoral de las comunidades, signo de que la Iglesia en Cuba germina con fuerza.
En ese contexto, la Virgen María bajo el título de “La Caridad” ocupa un lugar central. “La Virgen ha sido una garantía para la fe en Cuba. Ese amor ‘porfiado’ nos ayuda a vivir con esperanza aún en momentos de dolor. Una cosa es el sufrimiento y otra poder atravesarlo con esperanza, y eso lo hacemos tomados de la mano de María”, asegura.

El retiro que vino a predicar a los sacerdotes de Oriente fue concebido como un recordatorio de que la esperanza debe ser el motor de la vida sacerdotal, incluso en momentos de desánimo y cansancio. Monseñor Ojea insiste en que “la Iglesia, por medio de sus pastores, tiene que alejarse del desaliento y volver a levantar los brazos”.
Su trayectoria personal también se entrelaza con este mensaje. “Yo tengo 79 años de edad y 53 de sacerdocio. He estado en muchísimas comunidades, fui párroco por 25 años. Después me nombraron obispo auxiliar de Buenos Aires, donde acompañé al cardenal Jorge Mario Bergoglio tres años, y luego me nombraron obispo de San Isidro”, relata. Para él, su sacerdocio ha sido un regalo inmenso de Dios y asegura deberle todo lo debe a sus comunidades.

Más allá de San Isidro, su mirada se extiende a América Latina y recuerda su trabajo en Cáritas, especialmente en la Pastoral de Adicciones. “El tema de la droga azota a la vida latina. Tenemos una población joven sometida a este mal y la Iglesia ha tratado de acompañar creando centros de rehabilitación que surjan de las entrañas mismas de las comunidades. En Argentina tenemos más de 300 dispositivos de este orden que dependen de Cáritas”, explica.
Una de las experiencias más notables, según Monseñor Ojea, son los conocidos como Hogares de Cristo: “El término adicción comprende la incapacidad de hablar, es una condición que te impide expresarte. Ante ello, la comunidad ofrece un espacio de escucha y respeto, donde los jóvenes se sienten tenidos en cuenta, reinsertados en una familia distinta. Los que han logrado abstinencia apadrinan a los que recién llegan, y así se forman lazos muy fuertes. Yo diría que este también es un camino de mucha esperanza”.
Su cercanía con el Papa Francisco es parte esencial de su historia. Fue colaborador del Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, y vivió con intensidad el anuncio de su elección como Sucesor de Pedro en 2013.
“Corrí a tocar las campanas de la catedral. Esa misma noche soñé que no era cierto, luego le escribí una carta contándole. Él me respondió que también le pareció muy confuso el momento, pero que pronto experimentó paz, una paz que no provenía del mundo, la misma que infundió en él la seguridad y la alegría que lo acompañaron a lo largo de su pontificado”, recuerda.

Sobre su capacidad comunicativa, una de las cualidades que más admiró de Francisco, el obispo comparte una enseñanza directa: “Le pregunté qué lo hacía tan buen comunicador y me dijo que ‘para ser buen comunicador hay que ser uno mismo. No debes tener miedo de ser tú mismo’. Eso es fundamental, porque la gente entiende enseguida cuando algo es trucado o falso”.
De su último encuentro con el Papa Francisco, en Roma, Monseñor Ojea relata un momento sencillo pero cargado de significado: “Estábamos cenando al terminar el Sínodo y me dijo con mucha naturalidad que el viaje apostólico que más había disfrutado fue el de Timor Oriental —en septiembre de 2024, uno de los últimos que realizara—. Me impresionó cómo hablaba de la mirada de los niños. Esa manera de leer la realidad desde lo humano resulta admirable”.
Sus recuerdos junto a Francisco, su incesante vocación de servicio y su mirada sobre los desafíos de la Iglesia en América Latina condensan en Monseñor Oscar Vicente Ojea Quintana la experiencia de un pastor sensible y cercano.
Hoy, con menos responsabilidades al ser obispo emérito, se siente con más libertad para escuchar y acompañar: “Me llaman para retiros y trato de ir siempre. Tengo dos parroquias donde confieso bastante. Creo que lo que el Señor me pide en este momento es dar lo que puedo aportar: mi experiencia, mi capacidad de escucha, de atención, de acompañamiento”. (Aniel Santiesteban García, Comunicaciones Obispado de Holguín).
HOLGUÍN CATÓLICO