SACERDOTE EN CUBA DURANTE DIEZ AÑOS

pabloEmilio0En vísperas de su décimo aniversario sacerdotal, el P. Pablo Emilio Presilla Romero ofrece su testimonio

“… Quiero que regreses a Cuba…” Este fue el final de la conversación que Mons. Emilio tuvo conmigo, aquel mediodía del mes de Octubre del 2006, en uno de los salones del Seminario La Inmaculada Concepción de Moncada, en Valencia, España. Solo le pedí que me ayudara a traer mis libros de cuatro años de teología y algo más que se va pegando en los estudios.

Regresar a Cuba formaba parte de mi formación. Lo digo con toda certeza, pidiendo día a día el don de seguir amando y sirviendo en esta Iglesia a la cual quiero muchas veces sin comprender y sabiendo que Ella me quiere mucho, también sin comprenderme. 

Los formadores en Valencia, especialmente, Don Juan Borrás, se encargaron de hacer crecer en mi esta responsabilidad todos los días. Con mucha sutileza, amor sacerdotal y pastoral, pero con la sencillez de hacerme ver que en Cuba, en Cueto, nació la vocación y siempre tendría sentido, en la medida en que yo me enfocara en querer buscar la voluntad de Dios en medio de la realidad que me vió nacer, crecer y vivir.

Aquellos formadores no fueron los primeros. El P. Pepín Álvarez, mi párroco por más de doce años; en una edad complicada como es la adolescencia y en unas de las épocas más duras de nuestra historia, como fue el Período Especial, también me hizo descubrir el valor, para un cristiano y para un joven que quería ser sacerdote, de estar con los suyos.

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El P. Pepín Álvarez en su comunidad de las franciscanas,

El P. Pepín, siempre ha sido un maestro en mi vida. En ocasiones me cuesta verlo como hermano y compañero de camino, porque es más que eso. En los sacerdotes: Pepín,  Comas, Aldama, Franklin (e.p.d); Agustín, Marrero, Paquinín, Céspedes (aunque la vida cambia y las decisiones personales también), vimos siempre ese deseo de “permanecer”, de estar con esa parte creyente de nuestro pueblo que es la Iglesia. El sentido de su vocación, formación y entrega todos los días, no importa como fuera, era estar: celebrando la misa, consolando a un pueblo que en ocasiones le daba pereza creer en Dios y en la Iglesia, secando las lágrimas de los que tocaban a su puerta, animando unas comunidades que buscaban siempre ser fieles, no muchos, sino fieles. Ellos, y especialmente mi párroco y la comunidad de Cueto fueron para mí la mejor pastoral vocacional de la que he participado.

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La catedral de Holguín

Regresé a Cuba el 10 de julio de 2007. Por el camino nos encontramos los dos micro-buses del Obispado. Mi Obispo se bajó, nos abrazamos y me dijo: vas a tu casa quince días. Regresas y con Juan Miguel Rodríguez Balmaseda, se ocupan de la Catedral por la ausencia del P. Necuze. Bueno, ese el primer encargo pastoral. Ya regresaba como diácono, ordenado por Mons. Peña el 25 de marzo de 2007, IV de Cuaresma, en la parroquia del Rosario, en Valencia, donde viví y serví a esa gente buena que hoy perdura en mi corazón.

Yo no sé qué pensaría el Consejo Parroquial de la Catedral cuando vieron a esos dos jovencitos, con marcado acento español, siendo del Recreo y de Cueto, animarlos a preparar la novena y fiesta de la Caridad, para que todo estuviera listo, cuando Necuze llegara.

El 10 de septiembre fui ordenado sacerdote. La comunidad de la Catedral se volcó en esa fiesta de Iglesia. El P. Comas (e.p.d) me impuso las manos con todo el presbiterio. Comunicaban una gracia sacramental especial, eclesial, antigua; fundamentada en la Sucesión Apostólica porque ordenaban a un “próvido colaborador” (LG 28), como somos todos los sacerdotes en razón del ministerio recibido. Por eso presidía mi Obispo, Mons. Emilio y estaba presente Mons. Peña, testigos en su ministerio de esa verdad revelada: “Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.” (Mc  16-18-19).

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El P. Pablo Emilio, izq. es  hoy párroco de Gibara

Entre los invitados especiales estaba mi abuela paterna Emma María Andreu Llorens (Pucha, pues cuando nació, su papá le dijo: ¡qué fea! Y su mamá, le contestó: Ay no, si parece una pucha de rosas, por sus mejillas). Tiene 98 años actualmente. No se acuerda de rezar, ni de los misterios del Rosario, ya no puede comulgar y ha comenzado su camino hacia el Padre. Sé que llegará al lado de Dios. Ha vivido para nosotros y vivió para la comunidad parroquial de Cueto. Manteles, estolas, purificadores, todo salía de sus manos. Me enseñó a creer en Dios y a querer a la Iglesia. Me ponía una moneda de veinte centavos encima del escritorio de mi cuarto, para llevarla los domingos y echarla cuando pasaban el cepillo. Con su madre, mi bisabuela Emma, recogió las ropas y recuerdos del P. Ramiro Rivas, cuando se lo llevaron de madrugada para botarlo de Cuba. Amiga de los sacerdotes.

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Junto al obispo de Holguín, Mons. Emilio Aranguren

En mi casa, en el viejo refrigerador americano Leonard, la segunda parrilla siempre tenía un vaso de leche y algo de comer, dulce u otra cosa, para cuando los sacerdotes llegaran de noche, recogieran la llave del macetero, delante de la puerta de mi casa de Cueto, comieran algo y se acostaran a dormir. En el brindis después de la ordenación, conversaba muy animada con Mons. Peña. Cuando  me fui a descansar esa noche, ya sacerdote, para salir al otro día para Cueto a la primera misa, fui a su cuarto y le dije: Abuela, estás contenta? Me miró y me dijo: “Ya lo he visto todo. Ahora solo espero descansar. Dios me ha dado más de lo que imaginé y merecía…” Me acosté con cierto temor, por si acaso, Francisca, la muerte, se aparecía con la guadaña, pero no; al otro día Pucha Andreu, estaba en pie. “Bicho malo nunca muere”.

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Templo de Cueto

La primera misa fue en Cueto. Solo digo: Cueto ha dado tres Sacerdotes: Rodolfo Sánchez, HC (e.p.d) y los PP Pablo Emilio y Dayron. Así son las cosas de Dios. Sólo Dios. 

El 10 de octubre, como la campana de la Demajagua a las cinco de la tarde, salí con Monseñor Emilio para la Parroquia de Nuestra Señora de la Caridad, de Banes, pues había sido nombrado Vicario del P. Carlos Silvestri Suligoy, misionero argentino y Párroco de Nuestra Señora del Carmen, de Antilla. Terminada la misa de Antilla, un feligrés me preguntó: “Y, usted, que viene hacer aquí ahora”. Es verdad que ellos no sabían que venía un cura nuevo. ¡Cosas que pasan en casa! Pero sencillamente le dije: “ser tu cura”.

Y comenzó verdaderamente el camino en Cuba. Ocho años por aquella zona. Unos meses los compartí con mi Obispo que se fue a vivir a Banes conmigo, cuando el P. Carlos terminó su misión en Cuba. Fue un regalo inmenso de parte de Dios. Banes y Antilla. Antilla y Banes. Son 31 km de puerta a puerta de ambos templos y son dos realidades pastorales distintas pero gratificantes las dos.

Banes mi escuela. En cien años de parroquia, fui el primero en llegar con 28 años. Todos los anteriores párrocos eran beneméritos hombres. Yo, un imberbe principiante, que, siendo de Cueto, venía con deseos de comerme el mundo. Cada paso en Banes fue ir creciendo. El primer velorio que asistí, fue el de Hidelisa Suárez que la estaban velando en una de las logias de Banes. Banes es un pueblo especial, también en sus gentes, pero, curiosamente, siempre me dijeron: Padre.

Antilla es oasis. Es una ternura de pueblo. Rico, pero empobrecido. Les preocupa a sus mayores que la Ermita de la Virgen se está tardando, aunque como ya se habla de ella, y de momento han aparecido las grúas enormes, los camiones de la UCM, se habla del Ramón y sus hoteles; pues, sólo falta la Ermita, para reparar la ofensa de haber tirado en un día del año 1961 la imagen al mar.

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El nuevo templo de Antilla, aún sin terminar

Y su Templo. ¡Ay el templo de Antilla! 20 años de solar yermo, lleno de caballos y de indolencias de todo tipo. El Ave María fiel después de la comunión, fue la llave de todo y ahí está, porque Antilla también se lo merece.

Y, llegó mi primer aniversario de ordenado y con él, IKE y ahora llega el Décimo Aniversario y con él, Irma. Y en medio, mi pueblo, mi querido pueblo creyente. El sentido de levantar cada día al Cordero Inmaculado y el sentido de decir, sí cada día, desde que regresé a Cuba. Mi familia (las dos, la biológica y la espiritual: porque la de Pepe Torres 123 me ha dado mucho de lo que soy); mi Obispo, mis hermanos del presbiterio, mis queridas religiosas y las comunidades: ¡Qué aguante conmigo y qué paciencia! Pero gracias, muchas gracias, por nuestro día a día vocacional. “Le ronca el mango” como se dice, pero que bien, porque “todo viene de Dios”.

El domingo 10 de septiembre, de este año, puede ser que sea solo, como aquel de hace nueve años atrás o con algunos, pero que bien poder levantar una vez más al Cordero sin mancha y que sea Él quien me ayude a secar las lágrimas de mi pueblo y celebrar la vida con mi pueblo. Porque mi Obispo, me dijo el día de mi ordenación, hace 10 años este domingo: “…no seas el cura que va al pueblo, sé el cura del pueblo…”

pabloEmilioMapaSé que es largo, pero entre mapas, nervios y precauciones por la llegada del ciclón Irma, tienen con esto unas letras para leer. Son sencillamente la vida vocacional de un seminarista cubano que regresó a Cuba para ser un cura cubano en Cuba. “In mánibus tuis sortes meae”. “En tus manos están mis días” (Sal 31, 16). Ah y ya lo celebraremos. Dios dirá…!!!!

P. PABLO EMILIO PRESILLA ROMERO

 

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