UN PAPA DE NUESTRO CONTINENTE

La sabiduría de Dios marca las horas de la historia. Él es el Creador y Él es el Padre. Cuando el hombre le abre un lugar a Dios en su historia, esa misma historia se convierte para el hombre en Historia de Salvación, porque Dios está en ella.

La Iglesia bimilenaria marcó la historia del Viejo Mundo con el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo, la gracia de los signos sacramentales dejados por Él y, junto a ello, el amor germinal en todas las manifestaciones de la vida y cultura de los pueblos. Así transcurrió el primer milenio centrado en el Viejo Mundo.

La imagen del Papa sobre la Loma de la Cruz
La imagen del Papa sobre la Loma de la Cruz

Pero a mediados del segundo milenio unos cuantos hombres salieron en búsqueda del más allá de aquellas mismas tierras, y descubrieron lo que ya había en lo que entonces llamaron el Nuevo Mundo. Pueblos originarios acogieron a quienes venían de más lejos. En muchos de ellos prevalecía el interés, pero en otros –por lo general frailes dominicos y franciscanos– la motivación era el amor y la misión dada por Jesús a los Doce. Así la semilla del Evangelio fue traída a estas tierras y, al paso de los años, fue haciéndose cultura entre indios, españoles, portugueses, africanos y en siglos posteriores, con otros grupos migratorios.

El amor prendió y fructificó en los primeros santos, pero también, la riqueza del oro, las piedras preciosas y otros productos empezaron a generar la avaricia, el abuso, la violencia que comenzaron a producir pobreza, marginación, exclusión, miseria. A lo largo de esta historia, la Iglesia, como Pueblo de Dios que peregrina en medio de estos pueblos, ha luchado por lograr la hermandad y la igualdad entre cuantos somos hijos de Dios y hermanos entre sí, sin marcar diferencias sino convocando a la unidad. Para ello ha ofrecido su acción caritativa y educativa, su palabra convertida en consejo o en denuncia, en ocasiones –incluso– la sangre de sus mártires aún no canonizados.

¡América despierta a una nueva Hora de Dios! Los obispos, al regresar del Concilio Vaticano II (1962-1965) traían en sus venas apostólicas la fuerza de la colegialidad vivida y expresada en la comunión de una misma fe y su consecuente misión. De ahí, la Asamblea de los Obispos en Medellín (1968) y el discernimiento de cuanto se había tratado en los encuentros sostenidos en Roma bajo el pastoreado de Juan XXIII y Pablo VI, pero con los pies y el corazón puestos sobre esta tierra donde el Evangelio ya tenía una historia de casi 500 años. Dios quiso que los pastores de estas tierras marcaran su propio rumbo y se priorizó la atención a las pequeñas comunidades en las bases pobres y orilladas de nuestros pueblos. Esto, quizás, resultó contradictorio para quienes seguían tras las huellas de unas tradiciones que ya experimentaban la necesidad de buscar algo nuevo. Tal vez, por eso, al reunirse en Roma en 1978 ante la muerte inesperada de Juan Pablo I (el Papa de los 33 días), los padres cardenales se fijaron más en un pastor joven polaco que, con el nombre de Juan Pablo II con inmediatez viajó a Puebla de los Ángeles (1979) para animar a estas iglesias a “dar desde su pobreza” y años después, en Haití, convocar a la “Nueva Evangelización” y concluir este ciclo en Santo Domingo (1992) al presidir la IV Asamblea de Obispos e insistir en la necesidad de que el Evangelio se haga cultura al igual que la levadura cuando fermenta la masa.

Al morir el “Papa viajero”, los cardenales eligieron a Benedicto XVI, un teólogo alemán con casi 80 años, quien afrontó con firmeza el declive de la vivencia de la fe en el Viejo Mundo, como consecuencia de la fuerza de la modernidad, del relativismo moral y de la no valoración de las raíces cristianas en la cultura europea. Por eso, en su magisterio hará hincapié en el amor a Dios y al prójimo, la razón, la ética, en el aporte de la fe al desarrollo integral de la persona y de los pueblos. Hasta que, el pasado 11 de febrero, sorprendiendo al mundo entero, anunció que se retiraba porque “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

Podemos recordar la celebración último Cónclave con la participación de 115 padres cardenales en representación de la realidad eclesial vivida en diferentes ambientes socio-políticos, económicos, religiosos, culturales, en los que la Iglesia se esfuerza por cumplir su misión.

Periodistas, analistas, clérigos, políticos dedicaron tiempo y recursos en sus quinielas, pero el Espíritu Santo hizo dirigir la mirada de los padres cardenales a un pastor de la Iglesia que peregrina en este continente marcado por la savia y la sangre del Evangelio y que “Nuestra Señora de América visita con los pies descalzos, ofreciéndole la riqueza del Niño que aprieta en sus brazos. Un niño pobre, que nos hace ricos. Un niño esclavo, que nos hace libres”.

Al ser presentado y anunciarse que el nuevo Papa escogió el nombre de Francisco, él mismo dijo: “Mis hermanos cardenales han venido a buscar un Obispo de Roma casi al final del mundo”. Sí, a América Latina, para que, desde esa realidad, fuese a pastorear a la Iglesia de Roma, como signo de unidad en el amor de todas las Iglesias esparcidas por el mundo entero.

La “Hora de Dios” se dió, a seis años de la Asamblea en Aparecida, donde brotó el impulso de la Misión Continental, invitando a los pastores y laicos, como discípulos y misioneros de Jesucristo, a darle a nuestros pueblos la vida en Cristo. Por tanto, no es casual que el 266º Sucesor de San Pedro fuera latinoamericano, sino tan sólo es un signo de la fecundidad de una Iglesia joven que peregrina en este Continente de la Esperanza. ¡Una expresión de la Hora de Dios para la Iglesia Universal!

                                                       (Emilio Aranguren Echeverría, Obispo de Holguín

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